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EL FARO DE LAS LETRAS

Título: 'La sima'. Autor: José María Merino. Editorial: Seix Barral.

José María Merino. (Foto: Efe)

Los riesgos de las tesis

Por Fernando Larraz

Última actualización 28/04/2009@14:16:42 GMT+1
Aunque ya en franco retroceso, el subgénero narrativo de la Guerra Civil y/o posguerra sigue ofreciendo frutos espaciados y la sorpresa ocasional de ver cómo algún escritor que lleva muchos años de exitosa carrera literaria cae ahora en él. Si bien no es exactamente el caso de José María Merino –quien ya había descrito los desastres e iniquidades de la guerra y la posguerra en ‘El heredero’–, su última novela, ‘La sima’, se teje en torno al tema de la violencia destructiva que eclosiona en la guerra civil y de la que aún sufrimos los rescoldos, la herida sangrante de la incapacidad de los españoles para la convivencia.
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El rescate de unos cadáveres insepultos arrojados a una sima durante la posguerra sirve de motivo para las reflexiones de Fidel, un doctorando que centra su tesis en la primera guerra carlista si bien su interés, una fascinación casi obsesiva, son los odios homicidas en nuestro país a lo largo de la historia. Su abuelo, conspicuo falangista regional, había sido responsable de la represión en el pueblo y del lanzamiento de los cadáveres a una sima cercana. Para presenciar su exhumación por un grupo de recuperación de la memoria histórica, Fidel regresa al pueblo leonés donde pasó parte de la infancia. Su propósito de aprovechar los días previos a la exhumación para aislarse en el invierno y la soledad y trabajar a fondo en la redacción de su tesis se desvanece por una sobrevenida necesidad de expulsar su propia memoria atormentada y objetivarla en la escritura. Y es así como los lectores de La sima nos enteramos de hasta qué punto el irreprimible impulso a la destrucción mutua que estigmatiza el carácter nacional ha quedado enquistado en la personalidad de Fidel y le ha causado una profunda inestabilidad emocional. Iremos leyendo cómo la desgarradura nacional es vivida íntimamente por el narrador y de dónde le viene esa aversión a toda postura extrema, pues su memoria personal y su misma identidad son reflejos y consecuencias dramáticas de la propia memoria colectiva.

Pese a este ambicioso planteamiento, la novela deja un regusto ambiguo. Fidel reproduce con prolijidad textos históricos que vienen a dar muestra de la saña secular que ha vertido tanta sangre nuestro territorio y que hoy persiste en la rabia de algunos políticos y de algunos medios de comunicación así como, en su juicio un tanto discordante e injustificado, en las ansias separatistas de los nacionalismos periféricos y en las críticas a las herencias franquistas del actual sistema democrático. Y es que por encima de la pretendida polifonía de La sima –multitud de personajes divergentes y locuaces que no ponen límites a la expresión de sus juicios políticos de todos los colores– está la voz del autor manifestándose y negando a sus personajes la más mínima autonomía. En la tesis del narrador, que es la tesis de la novela, hay un conjunto de fobias –las banderas republicanas, el nuevo estatuto de autonomía de Cataluña, la guerra de Irak– y filias políticas –la socialdemocracia, la transición– constantes que se dedican a repartir diatribas contra todo aquel que alguna vez defendió sus ideas con algo más que la palabra. Para sortear cualquier rasgo de maniqueísmo al valorar el tema de las dos Españas –marbete que se elude a lo largo de todo el texto–, el protagonista enuncia juicios que lo quieren mantener en una equidistancia contemporizadora que elude planteamientos de fondo. Sus antagonistas –aquellos que se colocan militantemente en uno otro bando– están reducidos por lo general a fáciles caracterizaciones estereotipadas y el conflicto que vive y sufre Fidel no se debe a sus dudas sino a la agresión continua de los que no piensan como él. Y es que, sí, estamos ante la tesis doctoral que deseaba escribir Fidel y que su director frustró, la cual lamentablemente ha convertido su texto, como el propio narrador revela en la última línea en “una novela de tesis, naturalmente”. Esto es lo que menos se precisa para comprender mejor nuestro pasado, novelas de tesis con respuestas en vez de interrogantes. Una lástima porque la novela tiene cimientos valiosos: la estructura, las prodigiosas descripciones del paisaje y, sobre todo, esa sintaxis vibrante y continuada con la que Fidel está transmitiendo hasta qué punto vive lo que escribe. Apreciable es también el juego final entre la ficción real y la figurada. Hay, en definitiva, mucho material rescatable en este texto al que afea la propensión de su autor a convertirlo en un panfleto educativo a favor de la paz de la paz y la concordia.
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